Cómo se explota el bosque.
Muchas veces nuestra comarca ha sido puesta como ejemplo de gestión sostenible del monte. De hecho, presume de estar incluida dentro de la Red Internacional de Bosques-Modelo.
Vamos a explicar cómo se explota aquí el monte.
El punto de partida fue una situación bastante desastrosa. Si echamos un vistazo a los testimonios que nos quedan de hace 200 o 300 años encontramos un montón de problemas y conflictos: sobreexplotación de los pinares, falta de cuidados, pleitos sobre la propiedad y confusión en los deslindes, roces continuos entre pastores y madereros, incendios y plagas. La propiedad estaba repartida de dos maneras: algunas zonas eran “de realengo” (o sea, del rey) y otras de los ayuntamientos. En las primeras, todo el mundo campaba a sus anchas. Como no había casi ninguna vigilancia, los límites de los terrenos eran dudosos y se consideraba que eran zonas de pura naturaleza, todos intentaban aprovecharlas según sus necesidades, pero nadie se sentía obligado a hacer labores de mantenimiento. En las segundas, como el reparto de los usos y de los beneficios pasaba por los concejos, que podían vigilar fácilmente lo que se hacía, y además esos beneficios se repartían comunalmente, los vecinos eran más cuidadosos. En comparación con las zonas de realengo, estaban mejor administradas y el monte presentaba mejor aspecto, pero aun así, también en esos terrenos había importantes conflictos de intereses (por ejemplo, porque el ganado tiene la costumbre de comerse los brotes de los pinos). Para terminar, había muchos lugares cuyo régimen de explotación no estaba claro: ni si eran de realengo o de los ayuntamientos, ni de qué ayuntamiento eran.
A lo largo del siglo XVIII, la Corona se propuso varias veces tomar cartas en el asunto. Emitió leyes que oscilaron entre tomar totalmente el control del monte, restringiendo al máximo el uso de la madera (un fracaso estrepitoso) y dejar que las comunidades se las arreglasen a su manera, amparando puntualmente algunos de esos viejos hábitos de explotación que regulaban los concejos.
A mediados del siglo XIX, el panorama empezó a cambiar. Los gobiernos liberales empezaron a emitir leyes que buscaban la aplicación de formas más modernas y racionales de explotación forestal. La oposición de los pinariegos -que elegían lo malo conocido- fue tenaz: pusieron el grito en el cielo profetizando el fin de su forma de vida y esgrimieron sus viejos privilegios, aquellos que habían ratificado los reyes del siglo anterior. Al final, el Estado optó por una solución diplomática: de una parte, se fijó definitivamente la propiedad del terreno y tanto ganaderos como madereros asumieron las nuevas prácticas de gestión (con lo que admitieron también la supervisión de los agentes forestales estatales); a cambio, se respetaron legalmente las viejas costumbres de reparto comunal de los beneficios. El resultado dejó más o menos contento a todo el mundo: en relativamente poco tiempo el problema de los incendios desapareció, las plagas disminuyeron y la masa forestal aumentó. Los métodos modernos demostraron que eran capaces de mejorar notablemente la productividad y los viejos privilegios garantizaron todos los vecinos participasen de los beneficios. Así hemos llegado hasta hoy.
Veamos en qué consistió este nuevo método, que resultó ser una de las claves para conseguir que esta zona se haya convertido en una especie de modelo a imitar.
Lo primero que se hace es dividir el monte en zonas homogéneas según el fin o rendimiento que se busque.
Se puede buscar la productividad – por ejemplo de madera, como en el caso que nos ocupa-, la protección frente a la erosión –como ocurre en las cumbres-, o darle un uso recreativo. O se pueden diseñar zonas mixtas, para varios tipos de aprovechamiento. Cada una de estas zonas se denomina “cuartel”. En el caso de los que se dediquen a la explotación maderera, lo primero que se fija es el momento de corta, que se establece en función de los años que tarda la especie que vamos a plantar en ser maderable, de manera que se le saque el máximo rendimiento. Esta cifra se calcula cruzando el dato de desarrollo anual del árbol con el de su desarrollo medio. Cuando los dos datos coinciden, estamos en el nivel máximo de crecimiento. En nuestra zona habitan dos tipos de pinos, el albar y el negral. El primero alcanza su máximo a los 120 años; el segundo, a los 100 años. A su vez, para que este tipo de explotación sea sostenido, dividimos los cuarteles en tramos. El objetivo es no talarlo todo a la vez. Para eso, tenemos en cuenta el tiempo que se necesita para sustituir la masa forestal adulta por otra incipiente (ya sea de modo natural, o mediante la siembra o la plantación). En el caso de los pinos, se tardan 20 años. Por tanto: 120:20=6 ó 100:20=5. Tendremos cuarteles divididos en seis o cinco tramos, según sean pinos albares o negrales. Con el tiempo, habrá en los cuarteles diferentes tipos de masa forestal: desde la madura que está a punto de ser cortada hasta la recién regenerada. Cuando talemos los árboles más viejos, el espacio que dejan vendrá a ser cubierto por nuevos ejemplares; la explotación rota a lo largo de toda la superficie del cuartel y el ciclo no termina nunca.

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